Entrevista especial Bienal
2008 a Manolo Sanlúcar, guitarrista flamenco
“Al primero que veo en el
espejo
cada mañana es a mi padre”
Juan José Téllez, 10 de septiembre
de 2008
Manolo
Sanlúcar protagoniza la gala inaugural de la Bienal
de Sevilla 2008
Homenajeado por la Bienal de
Arte Flamenco de Sevilla cuando cumple quince ediciones
y treinta años de vida, Manolo
Sanlúcar le dobla la edad a dicha convocatoria:
64 primaveras y ojos de quien ya no tiene nada que perder.
A la grupa de su vida, la muerte de su hijo probablemente
no termine de cicatrizar nunca. Y quizá por ello
se refugie en la memoria. Ahora, tras protagonizar la
gala inaugural de la Bienal, le aguarda su concierto del
próximo 19 de septiembre en el que, en el Teatro
Lope de Vega, presentará su ‘Baldomero Ressendi,
la voz del color’.
Manolo Sanlúcar
(Foto Daniel Muñoz) |
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“Yo tuve estudios de pintura –reconoce
Manuel Muñoz Alcón-. Con 13 años,
iba a que me diera clases Ventura Millán, que era
un pintor autodidacta estupendo. Pero desde los ocho años
yo estaba con la guitarra. La primera vez que me recuerdo
tocándola fue en el bautizo de mi hermano Isidro.
Que yo tendría ocho o nueve años y era el
padrino. Mi padre no me había dado todavía
una lección y yo ya ponía los dedos en la
guitarra, como picando. De joven, mi padre iba a Jerez
en bicicleta a que le diera clase Javier
Molina. Luego, lo que le enseñaba se le olvidaba
en el camino de vuelta porque tenía que pedalear
otra vez cincuenta kilómetros”.
Su padre se llamaba Isidro y ejerció
como panadero, aunque su vida conoció otros oficios
e incidencias: “Claro que su generación era
especial. Hasta que no tuvo 16 años no tuvo zapatos.
Fue con esa edad cuando se calzó las primeras alpargatas
con cordones. Estuvo dos años en la guerra, pasó
muchas estrecheces pero amaba la belleza y la cultura
andaluza. Mi padre me ha dado mucho más que la
guitarra. Me sentaba a su lado y empezaba a hablarme de
su gente, de los flamencos, y yo no sabía si eran
parientes míos o no lo eran, pero desde entonces
formaban ya parte de mi familia: El Pelusa, Canalejas,
El Pinto, El Sevillano… Yo, con otro padre, hubiera
sido otra cosa”.
“Me encantaba la panadería.
Soy muy buen panadero. Fui maestro pala antes de cumplir
catorce años. El oficio de panadero, entonces,
era artístico. Ahora, no tanto. Entonces, con la
masa, hacíamos panes en forma de trenzas o de sujetadores.
Y sabíamos cómo teníamos que hacer
el pan si el día era seco o si el día era
húmedo. Había piezas que eran como los bombones,
que las abrías y asomaba un moño de miga
que no era el resultado de un simple proceso de elaboración,
sino el resultado de un proceso de planificación”.
Todos los hermanos, desde José
Miguel a María José y el genial Isidro,
evocan continuamente al patriarca de la familia, recientemente
fallecido y que no sólo les marcó la genética
sino la vida cotidiana: “Mi abuela paterna parió
tres veces. Y echaba tres mediodías limpiando casas,
que yo me pregunto como se pueden echar tres medios días
si sólo hay uno. Mi padre la vio parir con un ataúd
bajo el lecho, el de su hija chica que murió porque
la habían mordido las ratas”.
Su hermana María José recuerda
a aquel hombrecillo que hacía música con
el pan y que antes de morir quiso que le subieran, para
verlo por última vez, el retrato de su madre: “Mi
padre decía que lo peor del mundo es un sueldo
fijo –afirma Manolo-. Todos lo admiramos mucho y
hablamos constantemente de él, como si siguiera
vivo porque sigue vivo. Un día llegó un
rapsoda a Sanlúcar y él compró entradas
para un palco. Yo tenía cinco años y podría
dibujar aquel momento, cómo estábamos sentados
y cómo se echó a llorar al oírle
declamar poemas. Dos veces vi a mi padre llorar y esa
fue la primera. Me asustó que llorase pero luego
volví a verle, aplaudiendo de alegría con
una lágrima cayéndole todavía por
las mejillas. Y aún siendo tan chico, me impresionó
que las palabras y la belleza pudieran causar tal efecto”.
“Al primero que veo en el espejo
cada mañana es a mi padre. Me parezco en la cara,
en el humor no, él era un tío simpatiquísimo.
Mi padre decía que yo he sido niño seis
meses. Yo ya me afeitaba con doce años. Con esa
edad, llegaban los camiones de harina con sacos de cien
kilos y los trasladábamos en andas mi tío
y yo. A Ana la conocí con 15 años”.
A Isidro, su padre le transmitió
la idea de que un apretrón de manos significaba
más que un contrato por escrito. Y a Manolo también
le dejó una herencia oral: “El sentido de
la responsabilidad ha sido un instrumento de mi vida.
He digitado la guitarra aparte de tocarla. Hasta la muerte
de mi hijo, incluso en domingo hacía mis ejercicios,
con un mínimo de tres horas de estudio al día”.
A la sombra de La Niña
de los Peines
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Manolo Sanlúcar
(Foto Daniel Muñoz) |
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También fue su padre quien le
abrió las puertas de la guitarra y quien le facilitó
su carrera incipiente. Manolo Sanlúcar parece que
escribiera una novela cuando relata aquel día tan
significativo, tal vez de 1956: “Pepe
Pinto tenía un bar en La Campana de Sevilla,
el bar Pinto. Y hasta allí se corrió la
voz de que había un niño en Sanlúcar
que tocaba muy bien la guitarra. Así que él
llamó para que fuera a oírle. Mi padre vino
y me dijo ‘ea, que llegó el momento, que
Pepe Pinto quiere escucharte’. Mi padre solía
llevarme cuando iba a tocar por ahí pero entonces
me dijo que no, que me iba a llevar El Quija”.
El Quija, según recuerda Daniel
Pineda Novo, se llamaba en realidad Luis Márquez
Alés, había nacido en Sanlúcar en
1892 y entregó la cuchara en 1963. Sus mejores
momentos artísticos, sin embargo, habían
transcurrido en Triana, en Coria del Río y según
Manolo Sanlúcar en Alcalá, desde donde volvió
grupas a su patria chica: “Por lo visto quería
quitarse de las fiestas porque le estaban matando. En
Sanlúcar, se ganaba la vida vendiendo dulces, torrijas
y sultanas con un canasto de mimbre de aquellos que eran
tan largos. Recorría el pueblo pero a media mañana
descansaba en casa y cada vez que llegaba yo, como quien
no quería la cosa, me ponía a darle entradas
para oírle cantar. Así que mi padre que
era muy listo prefería que, para que Pinto me escuchase,
me cantara alguien conocido y no cualquier aficionado
que pasara por el bar. El Quija, cuando escuchó
la propuesta, dijo que no podía porque era perder
un día de vender dulces y él tenía
que ganarse la vida de alguna forma. Así que mi
padre, ni corto ni perezoso, le compró el canasto
de aquella jornada”.
En esas, el niño guitarrista se
embarcó en Los Amarilllos con El Quija, un cantaor
al que elogio Daniel Pineda asegurando que su voz siempre
tuvo arte y profundidad: “Hacía la soleá
trianera hasta tal punto que Mairena
venía a escucharle”, comenta el escritor.
Y el guitarrista corrobora que aquella primera vez en
el Bar Pinto, también estaba don Antonio, pero
todavía lejos de la Llave de Oro, apoyado en la
barandilla de la escalera y con el público dándole
empellones porque querían oír aquella guitarra
adolescente pero sobre todo querían oír
al legendario Quija.
“Mairena estaba allí pero
no le habían arrimado siquiera una silla para sentarse.
Fue la primera vez que vi cómo se rompían
las camisas. Vamos a empezar por soleares, sugirió
Pinto. Y yo hice la falseta del Niño
Ricardo que en realidad era la de Ramón Montoya
y me gané un ole tremendo. Pero entonces se oyó
la voz del Quija y ya me volví invisible el resto
del día. Cuando él se callaba yo aprovechaba
para hacer mis falsetas pero era cuando los demás
hacían sus comentarios. Pastora Pavón también
estaba allí sentada. La
Niña de los Peines era la eterna madre andaluza.
La madre de sus hijos, la del sol, la de los planetas,
la de la luna. Mientras los demás no me echaban
cuenta, ella me sonreía”.
Invisible o no, la interpretación
de aquel niño le gustó a Pepe Pinto, pero
él acababa de terminar una gira: “Pepe Marchena
ha empezado la suya, así que puedes colocarte con
él y cuando él termine te vienes conmigo.
Pero no te vamos a poder pagar demasiado”, le dijo
el cuñado de Tomás Pavón.
“Me pagaban 50 pesetas de hace
51 años. Mi padre me tuvo que dar además
mil pesetas para que me aviara, porque lo que menos le
importaba era el dinero, lo que él quería
es que yo saliera”.
Así que alternando las compañías
del niño de Marchena con la del Pinto, tuvo ocasión
de medirse con las guitarras de Melchor y Manuel Conte,
mientras la Niña le llamaba “gatito”
y cantiñeaba en los camerinos cuando le arrimaba
su guitarra.
“Recuerdo que yo era un crío
y que Marchena me hablaba de usted. Marchena era un genio.
¿Sabes lo que se dice de cuando estaba en el lecho
de muerte y su mujer le cerró los tapaluces porque
entraba el sol? ‘Mujer, no me quites la luz, que
me queda mucha oscuridad que ver’. Como si la oscuridad
pudiera verse”.

Manolo Sanlúcar (Foto
Daniel Muñoz)
“A mí me parece
que Paco es perfecto”
Fue por entonces cuando también
trabó amistad con Ramón Sánchez Gómez,
Ramón de Algeciras, que era un poco mayor que él
y que solía acompañar a Juanito Valderrama:
“Ramón era mi amigo. Había nacido
para estrella y tenía una pinta de galán
de cine impresionante. Un día me dijo que tenía
un hermano al que yo tenía que escuchar. Así
lo hice. Cuando conocí a Paco,
percibí esa actitud suya ante la guitarra, ese
señorío, ese sentimiento, esos pasajes.
Se enredó maravillosamente en una melodía
complicada que terminó con una sola nota. ¿Cómo
se podía tener siendo tan joven tanta capacidad
para prescindir de lo que no era necesario? El tenía
tres o cuatro años menos que yo y me dije: es el
genio de los genios. Ya por entonces su familia vivía
a Maridad y él se venía a mi casa o yo me
iba a la suya y así nos llevábamos días”.
Ahora, Manolo Sanlúcar es consciente
de que un sector de la afición parece dividirse
entre un estilo y otro, entre él y su compadre
Paco, como si fuera obligatorio elegir entre Picasso o
Dalí o echar porras para medir sus genios respectivos:
“A mí me dan sonrojo esas comparaciones.
A mí me parece que Paco es perfecto. Creo que entre
lo que ha trabajado él con su lucha y lo que he
hecho yo, cubrimos todo el abanico del flamenco. La vida
de Paco le ha llevado a investigar unas zonas musicales
en las que yo no hubiera entrado. Y al contrario. Yo me
veo más en el contexto de la música clásica”.
Ambos colaboraron juntos en diversas
ocasiones. Por ejemplo, compartieron secuencia en la película
‘Sevillanas’,
de Carlos Saura. Y compusieron a pachas la bulería
‘Compadre’.
“La idea –refiere Manolo-
era la de componer un disco entre los dos. Pero cuando
él podía yo estaba ocupado y al revés.
El día que grabamos ‘Compadre’, estábamos
escuchándola en el estudio y llegó un momento
de esos que ya a uno no le cabe más silencio y
tiene que sincerarse. Fue cuando me dijo: “Tú
con la melodía y yo con el ritmo, no hay quien
entre ahí”. Recuerdo muy bien aquel tiempo,
¡qué disfrute! Los dos nos pasábamos
el día comiendo galletas Ártiach y comentando
qué dirían los flamencos viejos si nos vieran
haciendo eso, como dos niños chicos”.
“A mí todo lo que se le
dé a Paco me parece poco. Paco es el primero que
sabe que la admiración que siento por él
es absoluta. Paco es como nadie. Todo el mundo piensa
que es un genio pero yo no lo digo por decirlo. Yo digo
que es un genio por esto, por esto y por esto. El fan
número 1 de Paco de Lucía soy yo. Me parece
de tanto valor todo lo que ha aportado al flamenco, que
eso debe quedar superclaro. ¡Qué palabra
tan fea esa de superclaro! Pero dicho esto, déle
usted la gloria a Paco, pero ¿por qué me
desdeña a mí? Eso entraña una reacción
por mi parte, que no tiene que ver con la envidia. La
miseria de la envidia nunca la he sentido, no puedo permitírmelo.
Pero me da rabia por ejemplo y en otro orden de cosas,
en el ámbito de la música clásica
por ejemplo, que gente como Carmelo Bernaola o Luis de
Pablo, esa gente que es de un nivel musical de tal altura
que me resulta vergonzoso que tengan que vivir de dar
clases cuando tendrían que percibir lo suficiente
como para estar exclusivamente dedicados a sus descubrimientos
musicales”.
“Cualquier cosa buena que le ocurra
a Paco soy el primero en alegrarme porque he sido el primero
en verlo crecer en su musicalidad y en su capacidad de
compromiso”.
Así que acompañó
a su compadre cuando le nombraron Hijo Predilecto de la
Provincia de Cádiz y lo hubiera escoltado también
cuando le hicieron doctor honoris causa por la Universidad
de Cádiz, pero nadie le invitó a dicho acto:
“A los flamencos no nos dejaban entrar en las universidades.
En los conservatorios, entraba el violín y la música
francesa de los borbones, pero no la guitarra ni el flamenco.
Hoy ya empieza a cambiar algo en ese sentido pero tenemos
que seguir luchando con talento y con elegancia”.
También se alegra del Príncipe
de Asturias que le fue concedido al guitarrista algecireño,
pero echa en falta sus propios reconocimientos, tal y
como declaró a Manuel Bohórquez en una entrevista
recientemente publicada por El Correo de Andalucía:
“Cualquier cosa buena que le ocurra a Paco soy el
primero en alegrarme porque he sido el primero en verlo
crecer en su musicalidad y en su capacidad de compromiso”,
afirma ahora.
“El amor que yo he puesto, la entrega
al arte me ha hecho que al tiempo que daba conciertos
y componía, aprendiese solfeo, armonía,
composición, instrumentación y parte de
dirección de orquesta. ¿Cómo lo hacía?
Dejándome los sesos y la vida. Ana, mi mujer, me
podía haber mandado al carajo hace muchos años.
Por un lado está ese esfuerzo y por otro la trascendencia
real de lo que haces. Si uno sale ahí afuera y
pregunta a cualquier transeúnte ¿usted sabe
quien inventó la penicilina, que probablemente
le haya salvado la vida varias veces?, lo más probable
es que responda que no, que no sabe que fue Fleming quien
lo hizo. Yo no espero nada de la calle, pero sí
de las instituciones. Mi música ha llenado el Metropolitan
Hall de Nueva York, donde el New York Times decidió
que ‘Medea’ había sido el mejor ballet
del año. También la crítica aplaudió
aquella enciclopedia audiovisual de Andalucía que
presentamos en la Expo y que llevamos a la Feria de Nueva
York. Todo eso está muy bien, pero de los míos
necesito una caricia”.
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