EL CANTAOR FLAMENCO CHANO LOBATO FALLECE EN SEVILLA. OBITUARIO
Memoria histórica
Silvia Calado, 6 de abril de 2009
Especial.
Extracto del libro ‘Chano Lobato. Memorias de Cádiz’
Capítulo 1, ‘Ese Barrio de Santa María...’
Hace ahora un año que toreó
en Nîmes. Lidió con sabiduría, con temple,
con gracia... cortó dos orejas y rabo. Pero en vez
de salir a hombros, salió del teatro con un caminar
frágil y ancianísimo, apoyado en su guitarrista.
Sólo entonces, en ese corto trayecto del proscenio
a las bambalinas, tenía la edad que tenía,
se sabía nacido en el poético año del
27.

Chano Lobato
(Foto Daniel Muñoz) |
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A Chano
Lobato, el último cantaor, el escenario lo transformaba.
Le daba la vida en estos últimos años de salud
delicada, de lucha con una diabetes peleona a la que hacía
tremendos recortes cada vez que salía a cantar. Y
en la ciudad francesa la volvió a vencer. Se sentó
en la silla, aspiró el cálido aplauso del
público y perdió de golpe dos o tres décadas.
El maestro se acordó de sus maestros, de Aurelio,
de Ezpeleta, de Manolo Vargas, de la antigua chirigota.
Cantó, y de qué manera, por soleá,
por cantiñas, por tanguillos, por tientos-tangos.
Y entre cante y cante, por supuesto, contó sus historias
de arte.
Aquella noche, la histórica plaza
de toros nimeña, la del anfiteatro romano, le hizo
recordar sus intentos de ser torero para sacar adelante
a la familia en los duros años de posguerra. La vaca
lo revoleó de tal forma que perdió hasta los
tacones de los zapatos. Así que mandó a las
hermanas al comedor social. Pero eso contado por él,
con esa sal suya, con esa manera de modular, con esa sonrisa
franca, con esa chispa en la mirada. No sé si los
franceses lo entendieron del todo. Ni falta. Y remató
la faena por bulerías, de pie, sin micro y bailando.
Había que refregarse con fuerza los ojos para confirmar
que no se estaba soñando, ni viajando en la máquina
del tiempo.

Chano Lobato
(Foto Daniel Muñoz) |
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A la mañana siguiente, la compañía
de Rocío Molina y algún periodista acreditado
volvimos con él en el vuelo de Ryanair Marsella-Madrid,
después de un trayecto de hora larga en autocar,
y antes de su taxi a Atocha y de su AVE a Sevilla. Tenía
ochenta y pico años, recuerden. Y no pidió
trato especial, ni ayuda alguna. Tampoco es que se la ofrecieran.
Cosas del bajo coste... de las aerolíneas y de los
festivales. Tan sólo para salir del avión,
se cogió de mi brazo. “Sobrina, vamos despacito”.
Y lo acompañé a su sabio ritmo por escaleras
y pasillos hasta la recogida de equipaje, riéndome
a cada paso con su inconmensurable gracia para contar la
vida. “Chano, vamos a sacarlo en Internet”.
“Uy, sobrina, ¿y no puede ser que eso no salga
en Cádiz? Es que debo una jartá de dinero
allí”.
El Domingo de Ramos de 2009, día
grande de su adoptiva Sevilla, Chano Lobato se fue. Se llevó
sus cantes, sus historias, sus fatigas, sus éxitos,
su dignidad y una sabiduría que, hasta ahora, equilibraba
los vaivenes actuales del cante flamenco. En esta primera
década del segundo milenio, se despidieron Chocolate,
Fernanda de Utrera, Sordera, La Paquera. Y ya sólo
nos quedaba él. Cada actuación suya la debimos
tomar como un regalo. La participación en el ‘Historias
de arte’ con Juan
Habichuela y Matilde
Coral, las bulerías que Juan rescató para
su disco ‘Una guitarra en Granada’, las tertulias
con Matilde en Canal Sur, el homenaje ‘Yo soy del
27’ en el Maestranza, y cualquier aparición
que hiciere en una peña de allí o en un festivalillo
de allá. A partir de hoy, por desgracia y por obligación,
nos toca hacer memoria.