Especial. Reportaje histórico:
Los Flamencos (‘Alrededor del mundo’, 1901)
LOS FLAMENCOS
Bailaoras, cantaoras
y cantaores célebres
Flamenco-world.com, agosto de 2008
Trascripción
literal de la revista ‘Alrededor del
mundo’ de Madrid. Reportaje firmado
por Roberto de Palacio y publicado el 21 de
noviembre de 1901 |
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Todo el género flamenco, salvo
raras excepciones, es de Andalucía. Málaga,
Cádiz, Sevilla y Granada son las que más
y mejor han producido y producen. No se comprende que
pueda cantar flamenco el que no ha nacido en aquella tierra.
Como no se comprende tampoco una fiesta
andaluza entre sorbos de cerveza o de vino negro, como
le dominan allí al vino de por acá.
La juerga andaluza, el cante y el baile
flamenco necesitan su marco apropiado: el camarote de
un colmado de aquellos, las bateas de cañas de
Manzanilla, o los priveles de Jerez, o los cristalitos
de los Moriles, y el clásico frito de pescao, los
ostiones, o las cañaíllas.
Todo lo que tiene de atractivo y agradables
el aroma de la Manzanilla, del Jerez y del Montilla, que
por mucho que se aspire jamás repugna, tiene de
agreste y áspero el olor de los licores con anilina,
del tinto vulgar y del mejurje, que denomina café
el dueño de los establecimientos flamencos de Madrid.
Pero tanto en la cuna de la flamenquería,
como aquí, ha venido muy a menos el arte.
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Silverio
(Foto Alrededor del Mundo) |
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No existen para este, unos, porque han muerto, y otros,
porque están retirados de las tablas, aquellos
famosos, cuyos nombres pronuncian con respeto los artistas
actuales y cantan con entusiasmo sus glorias. Hay que
oírles hablar del gran Silverio, de Silverio
Franconetti, un italiano criado en Morón, que
según dicen, era el rey de los flamencos; de Juan
Breva, el Canario; de Dolores, la célebre Parrala;
la Trini; el bolero Bermúdez, muerto, no hace mucho,
en Sevilla; Enrique Cortés; el Jorobao, de Linares,
que tanto entusiasmó bailando en el teatro de Novedades;
Mercedes, la Sarneta; el tocaor, maestro Patiño,
con el que se enorgullece el arte flamenco en Cádiz;
Antonio Chacón, de Sevilla; el graciosísimo
Antúnez, que tanto regocijaba oyéndole cantar
y viéndole bailar; el Troni, un excelente cantaor
de Cádiz; Fosforito, de Sevilla, y de lo mejor,
la Maya; Enrique, el Mellizo; Juana, la Torda; Antonio
Revuelta, y otros muchos que no acuden a mi memoria en
este momento.
De aquellos antiguos quedan algunos que,
o se dedican a dar lecciones, o a impresionar cilindros
de fonógrafo, o viven del recuerdo de las glorias
pasadas... y las juergas que les salen en los colmados
para ir a cantar, a bailar o a tocar, ante los señoritos
que lo pagan.
La concurrencia, en esto como en todo, ha influido mucho
en que el arte venga a menos.
Un buen cantaor o cantaora, ganaba treinta,
cuarenta o cincuenta reales por noche; los de primera
fila, como Silverio, Juan Breva, etc., mucho más,
porque eran ellos los que pedían cuando les proponían
contratas. Hoy, el que más, cobra cinco pesetas,
y no le parece poco.
En los fonógrafos, ha tenido el
cante flamenco un auxiliar, y un enemigo al par: auxiliar,
por lo que de los artistas necesita, y enemigo, por lo
que de ellos hace que el público prescinda. Es
mucho más agradable que ir a un establecimiento
maloliente, y con pésima concurrencia, de esos
de cante, salvo contadísimas excepciones, oír
en casa al artista que se quiere.
Uno de los que más cilindros ha
impresionado, bien a su pesar, porque es cosa que no le
agrada, como les sucede a casi todos los flamencos, es
el Mochuelo, un cantaor muy joven todavía, que
desde el principio de su carrera alternó con Silverio
y con Juan Breva; que se hizo una personalidad en lo suyo,
y al que todo aficionado iba a oír cantar malagueñas,
las malagueñas “del Mochuelo”.
Según dice, su voz es una especialidad
para esto, es la que mejor recoge el fonógrafo,
y sin duda por esto lleva ya impresionados Antonio Pozo
¡más de treinta mil cilindros!...
Algo canta en público todavía,
pero los cilindros son los que se llevan casi todo su
tiempo.
No se me olvida aquella voz entonces
fresca y vibrante, cuando cantaba en el café del
Imparcial. Una de sus coplas favoritas, era:
“En el campo, entre las flores,
te busqué y no te encontraba;
cantaron los ruiseñores,
y creí que me llamabas...
¡Qué grandes son mis dolores!”
Decía más arriba, que había
venido a menos el arte flamenco; pero es justo añadir
que aún quedan unos pocos sostenedores buenos de
ese género.
No llega ninguno a Juan Breva. Porque
aquel estaba de non. ¡Con qué pureza de estilo;
con qué brío, incomparable al de ninguno,
y con qué voz tan masculina y vocalización
tan clara, cantaba aquello de:
“Ni el canario más sonoro,
ni la fuente más risueña,
ni la tórtola en su breña,
pueden llorar lo que lloro;
¡Gotas de sangre por ella!”
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