ESPECIAL. FLAMENCO X 2. JESÚS TORRES & CANO,
GUITARRISTAS
Dos filósofos. Dos planetas
Silvia Calado. Sevilla, 5 de febrero de 2009
Sobre el concierto en los
Jueves Flamencos de Sevilla
Al término de la tertulia
en la víspera de la doble actuación, el director
del ciclo Jueves Flamencos de Sevilla, Manuel Herrera, se
declaraba conmovido. Y no era por ese algo sentimental que
a veces rodea al arte, sino porque -según sus palabras-
“Jesús
Torres y Cano
hablan de su música como si fueran filósofos”.
Los dos guitarristas, además, sorprendieron a los
presentes con una inusual demostración de mutuo respeto
y admiración. De hecho, allí estaban tras
acceder gustosos (y humildes) a compartir noche para presentar
sus respectivos álbumes debut, ‘Viento del
Norte’ y ‘Son de ayer’, respectivamente,
en el ciclo de la Fundación Cajasol.
Cuando en la tertulia, en la que hablaron
ampliamente de sus respectivos trabajos y trayectorias,
les pidieron que dieran su visión el uno del otro…
volvieron a conmover. Jesús Torres dijo de Cano lo
siguiente: “Con la música en general y con
la guitarra flamenca en particular, me pasaba que cuando
sabía poco, me emocionaba fácilmente. Con
el tiempo, algo se fue encalleciendo en mí y cada
vez me emocionaba menos. Con Cano, sin embargo, cuando trabajamos
juntos me quedo a escucharlo entre cajas… y siempre
lloro. Con él revivo aquella sensación inicial
que me causaba el flamenco y me encanta”. Ya concretando
sobre su propuesta, señaló que “es de
los guitarristas más personales”. A su juicio,
“todos, inevitablemente, sonamos a Paco; y que haya
una guitarra que puedas reconocer a los diez segundos, como
sucede con Cano, hoy en día es envidiable; tiene
una identidad propia”. A lo que añadió
que siente “mucha afinidad con lo que su música
cuenta; creo saber siempre dónde está”.
Cuando Cano tomó la palabra recordó
lo mucho que han vivido y, sobre todo, “lo que hemos
crecido juntos”. Y reconoció admirar “su
técnica y su facilidad; es impresionante las manos
tan naturales que tiene”. Pero además, subrayó,
que “lo importante de Jesús Torres es que cuenta
cosas, lo cual me pasa con muy poca gente, yo lo entiendo”.
Según su mirada, “aparte de todos sus conocimientos,
me encanta su forma tan maravillosa de plantearlo todo,
como algo redondo; así como su capacidad de emisión
y el cuidado con el que lo trata todo”.
Por eso no es difícil creerlos cuando
dicen que en absoluto pude haber pique entre ellos en un
cartel compartido. Torres aseguró que, para él,
el mayor placer de la noche “será sentarme
a escucharlo a él cuando yo acabe de tocar”.
Y es que confesó que en sus cara a cara con el público,
él -que está acostumbrado a ser escudero de
bailaores- siente “tanta felicidad como sufrimiento,
y lo ideal es tender ese puente de apenas medio metro que
separa ambos sentimientos”. Si bien admitió
que “el sufrimiento te da una capacidad de expresión
que no te da la felicidad”.

Jesús Torres
en Los Jueves Flamencos de Sevilla (Foto Daniel
Muñoz) |
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Aunque en la relación entre ellos
es este último sentimiento el que, sin duda, predomina.
“Nos conocimos hace años preparando un espectáculo
de un bailaor para Japón, en una buhardilla que tenía
Jesús en Madrid. Y nos dimos cuenta de la conexión
que había entre nosotros cuando nos echamos a reír
en un silencio… los dos estábamos imaginándonos
al bailaor levitar”, relata Cano. Y eso que se consideran
muy diferentes, sobre todo, en su manera de enfocar la relación
con el instrumento. “Para Jesús, todo tiene
que ser como debe ser y yo venía entonces algo más
salvaje”, dice Juan Antonio. A lo que su compañero
responde que “él me hace ver el agujero en
el que estoy sumido, pues mi posición es de angustia;
mientras que él tiene otra posición distinta,
como si estuviera tumbado al sol… y me ayuda mucho”.
Así
suenan dos planetas
Sobre el concierto en los
Jueves Flamencos de Sevilla 2009
Que son músicos
y planetas distintos quedó demostrado
ya la noche del doble concierto. Con la Sala
Joaquín Turina llena y expectante por
ver al fin (y tan merecidamente) a los de atrás
ponerse en primer plano, abrió Jesús
Torres. Y lo hizo con retazos de su disco ‘Viento
del Norte’, una primera entrega de
su música en la que combina equilibradamente
unas complejísimas formas, con una comunicación
fluida. Y eso es impactante. Desborda el oído
del oyente de elementos sofisticadísimos,
a la vez que lo conduce de la mano por lugares
que nunca le son extraños. Y es que algunas
de sus composiciones llegan a tener la redondez
de esos inusuales temas que se convierten en
emblemáticos para un género, como
es el caso de la bulería ‘Calle
Espada’ o el zapateado ‘Pasaje de
Valvanera’. Para mostrarlos, contó
con la percusión de Antonio Coronel,
la segunda guitarra de José Torres y
el cante de Miguel Ortega. Como broche de oro
(de muchísimos quilates) presentó
una farruca de nueva creación bailada
por su compañera Isabel
Bayón. Una pieza hecha de tensos
silencios, emotividad contenida, intimidad compartida
y originales paisajes sonoros que hizo gritar
(de placer, claro) a la audiencia. Ella aquí
es otra bailaora. Y él, quizás,
otro guitarrista… por lo que cuenta, por
cómo lo cuenta y para quién lo
cuenta.
Aunque
en eso de ser un guitarrista diferente, Juan
Antonio Suárez ‘Cano’ es
único. Como ya hizo en la presentación
del disco en la sala pequeña del
Teatro Español de Madrid, el guitarrista
barcelonés se liberó de la silla
y coreografió su estancia en el escenario.
Y ya esa manera de posicionarse, bien sentado
en una banqueta alta, bien de pie con el instrumento
en bandolera, dijo mucho de su posición
musical. Tanto en lo que sonó como en
la manera de exponerlo, mostró su personal
innovación. Tanta, que logró algo
cada vez más infrecuente: que parte del
público abandonara la sala. Eso es lo
que tiene ser libre, personal e irreconocible…
que incomoda, que da miedo. Con un aplomo soberbio,
trazó un recorrido eminentemente introspectivo,
que al oyente verdadero (el que no necesita
reconocer) lo hacía presa de un viaje
emocional y casi psicotrópico. En especial,
la suite de ‘Cuatro movimientos’.
Durante un pasaje del recital, ‘Orestes’,
el pianista Pablo Suárez vino a conversar
con él. Y, como Jesús, también
contó con uno de los bailaores para quien
tanto ha compuesto y tocado, en su caso, Andrés
Marín. Quien vino a poner estética
y movimiento a la desfragmentada bulería
‘Conclusión’, exquisita pieza
que es ya una de sus banderas. Aunque esa extroversión
fue momentánea. Y tal como empezó,
terminó, es decir, buceando. De hecho,
la pieza final fue la soleá (o como se
llame, qué importa) ‘Lágrima’,
bautizada por Rafael
Riqueni y dedicada a él. Como decía
una escuchante, “me dejó sin huesos”.
A la hora de los aplausos, Cano los quiso compartir
con Jesús… que, como dijo la víspera,
estaría entre cajas emocionándose.
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